Madrid 2026: los acuerdos técnicos rescatan la apuesta iberoamericana pese al contexto hostil y las ausencias
Treinta y cinco años después de la I Cumbre Iberoamericana celebrada en Guadalajara en 1991, Madrid acogió la XXX edición, con Nicolás Maduro preso en Nueva York, la doctrina Monroe resucitada por Washington y España a 25 días de unas elecciones generales. La pregunta sigue abierta: ¿sobrevivirá la única mesa en la que América Latina y la península ibérica conversan sin Estados Unidos ni China en la cabecera?
En noviembre de 2024, en Cuenca (Ecuador), el rey Felipe VI habló ante una cumbre de ausencias. De los 22 países de la comunidad, solo tres jefes de Estado acudieron y no hubo declaración conjunta. Dos años después, el 4 y 5 de noviembre, Madrid intentó la reanimación en la trigésima edición de un sistema de cumbres que representa a unos 700 millones de personas. La pregunta nunca fue protocolaria: en un mundo que vuelve a ordenarse por esferas de influencia, ¿para qué sirve una comunidad definida por dos lenguas y una historia incómoda?
La lista de invitados como dato geopolítico
En diplomacia multilateral, quién se sienta a la mesa ya es un mensaje. Días antes, el secretario general iberoamericano, Andrés Allamand, hablaba de más de 14 presidentes confirmados . Al final, diez de los 22 países llegaron con su máximo dirigente; Colombia y El Salvador enviaron vicepresidentes y el resto, cancilleres. Más que en Cuenca, pero las ausencias contaron otra historia.
Lula da Silva (Brasil), Claudia Sheinbaum (México) y Delcy Rodríguez (Venezuela), sujeta a sanciones europeas, mandaron a sus cancilleres. Abelardo de la Espriella (Colombia) cumplió su promesa de no viajar y Santiago Peña (Paraguay) canceló a última hora. Javier Milei (Argentina), que dos semanas antes había llamado a Pedro Sánchez (España) “impresentable dictador”, vino, pero se saltó la inauguración y la cena en el Palacio Real. Para Santiago Abascal, líder del partido de extrema derecha VOX, sí tuvo tiempo.
En una mesa dominada por dragones, osos y águilas, los miembros eligen entre la salida, la voz o la lealtad. Cuenca fue una salida silenciosa y masiva. Madrid fue una voz, pero la de líderes que acudieron a hablarle a su propio electorado más que a construir algo en común. Milei equiparó en el plenario al socialismo y al fascismo; Sánchez respondió que “el insulto no forma parte de mi forma de hacer política” .
Un club sin ejércitos ni chequera: ¿para qué sirve?
Algunos dirían que la Cumbre es irrelevante: sin fuerza militar, sin mercado común ni presupuesto, decide por consenso y no obliga a nadie. Desde esa óptica, es una cena elegante en el Palacio Real.
Pero esa lectura pierde lo esencial. Los foros sin poder coercitivo crean diálogo, generan información y construyen la expectativa de volver a encontrarse. Para Estados medianos y pequeños, el encuentro reiterado permite tender puentes técnicos, aunque no se comparta la mano derecha ni la izquierda.
Cuando Felipe VI admitió en marzo que en la conquista “hubo mucho abuso” , Sheinbaum lo calificó de gesto de acercamiento y así se destrabó una relación congelada durante años. No alcanzó para traerla a Madrid, pero muestra para qué sirven estos escenarios.
En el caso de España, el foro es su plataforma para presentarse ante Bruselas como puente hacia América Latina y ante América Latina como puerta de entrada a Europa. Por eso importa que esta vez sí haya una declaración final . Salió gracias a un mecanismo que permite desmarcarse de párrafos concretos sin bloquear el texto: poco épico, pero justo lo que necesita un club que decide por consenso.
Monroe vuelve, Pekín espera, Bruselas firma
El contexto fue el más hostil para el multilateralismo regional en décadas. La Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense de diciembre de 2025 anunció un “ corolario Trump ” para expulsar del continente la influencia de potencias rivales y asegurar recursos y fronteras. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero demostró que esa doctrina dejó de ser retórica.
La cumbre lo confirmó a su manera. Argentina, Colombia, Costa Rica y Paraguay se desvincularon del párrafo que rechaza la coerción y las medidas contrarias al derecho internacional. Nadie nombró a Washington, pero es difícil leer ese párrafo y esos desmarques sin pensar en él.
Al otro lado está China, a la que le bastan el comercio y la infraestructura; que Madrid compita en el calendario con el Foro de Cooperación Asia-Pacífico (APEC) en Shenzhen resume el dilema. Frente a dos gigantes que exigen alineamiento, Iberoamérica busca diversificar socios para no depender de ninguno, y Europa es la pieza que hace viable esa estrategia.
El problema está dentro de casa. La polarización convierte cada foro en un mitin. En el último año, Bolivia, Chile, Perú y Colombia giraron a la derecha, mientras que Brasil reeligió a la izquierda. Y el anfitrión llegó en plena campaña.
La apuesta de Madrid: menos épica, más protocolo
La diplomacia española entendió que no habría acuerdo sobre lo grande: ni sobre Venezuela, ni sobre Cuba o Nicaragua, ni sobre cómo responder a Washington. Por eso, la agenda oficial apostó por la cooperación técnica con beneficios visibles. Y salió adelante: una red contra desastres y alertas tempranas para los 22 países, una Carta de Movilidad Académica que, sin homologar títulos automáticamente, reduce las trabas para estudiantes e investigadores, y una Alianza Iberoamericana de IA.
El punto con más potencial seguía siendo el lingüístico. El español y el portugués son actores menores en los datos con los que se entrenan los modelos de IA. Andrés Allamand lo ha dicho: el español nunca había estado tan amenazado , por la IA y por la hegemonía del inglés en la ciencia. La alianza apunta ahí: datos, modelos en las lenguas de la región y cómputo compartido, conectando proyectos como ALIA, AMALIA, Latam-GPT o SoberanIA. Es un bien público que ningún país puede producir por sí solo.
Parecía el único tema en el que Buenos Aires, Brasilia y Madrid no tendrían motivos para pelear. No lo fue: Argentina y Paraguay se disociaron de la alianza, y Argentina también de la carta de movilidad. Cuando hasta la cooperación técnica se lee en clave ideológica, el problema ya no es de agenda.
Una mesa medio vacía sigue siendo una mesa
La XXX Cumbre no fue el relanzamiento triunfal que prometía el lema oficial. Fue una cumbre de mínimos, con sillas vacías, saludos fríos y discursos para audiencias domésticas. Juzgarla solo por eso sería un error. Al clausurarla, Felipe VI la definió como “el contrapunto de un tiempo geopolítico marcado por los frentes, los bloques, la rivalidad y la competencia”. Frase de anfitrión, pero no falsa.
En una América Latina donde la potencia dominante vuelve a tratar a la región como su patio trasero, y la alternativa china se ofrece sin hacer preguntas incómodas, la existencia misma de un espacio de concertación entre iguales tiene valor. No por lo que decide, sino porque preserva un hábito de hablarse, una red de técnicos y ministerios que cooperan aunque sus presidentes se insulten, y una identidad compartida que ninguna de las grandes potencias puede comprar.
Si la red responde de verdad al próximo huracán, si un estudiante de Bogotá o de Sevilla cursa un posgrado sin perderse en trámites y si la IA aprende a hablar mejor nuestras lenguas, Madrid habrá cumplido. Lo demás, la foto, el abrazo que no se dio o el desplante del día, ocupará titulares durante una semana. La comunidad iberoamericana no se jugaba su futuro en el Palacio Real. Se lo juega en si sus ciudadanos, dentro de diez años, notan que existe.
Sergio Andrés Morales-Barreto no recibe salario, ni ejerce labores de consultoría, ni posee acciones, ni recibe financiación de ninguna compañía u organización que pueda obtener beneficio de este artículo, y ha declarado carecer de vínculos relevantes más allá del cargo académico citado.